domingo, 11 de febrero de 2007

Vivo con tu madre en un castillo

¿Se acuerdan ustedes del Tetris? Qué maravilloso juego, ¿verdad? En aquellos tiempos de la Gameboy ladrillo que se la estampabas a alguien en la cabeza y vaya gracia que le hacías, lo mismo no volvía a levantarse. La de horas que pasábamos viendo caer piezas y encajándolas como podíamos, al ritmo de esa musiquilla infernal, pero que probablemente sea la más pegadiza que se ha hecho nunca.

Sin embargo, no es propiamente del Tetris ni de su contenido de lo que quiero hablar hoy, sino de su curioso parecido con la vida real. ¿Nunca se han parado a pensarlo? Estaba formado todo por piezas, pero había de dos tipos, las que encajaban bien unas con otras, y las que no. Esas piezas que aparecían de repente, sin previo aviso y en los lugares menos sospechados y te jodían toda la partida, porque es que jodía ver esas piezas. Sobraban totalmente, no había nada que les hiciera estar allí, pero por alguna razón aparecían y no había forma de quitárselas de encima, porque entes malignos se empeñaban en meterlas por la fuerza, pese a la negativa y el rechazo de las demás piezas, honradas y que sí encajaban entre sí, formando un estupendo núcleo que a menudo era destruido por las demás. Así que, después de analizar todo esto, ¿por qué no acabamos con esas piezas que sobran, que no deberían estar ahí pero que siempre acaban apareciendo incluso si no son llamadas? Hagámoslo, y seguro que nos sentiremos mucho mejor sin esas piezas que no hacen sino estorbar, exactamente igual que en nuestro día a día.

Bueno chao.

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