Cuenta la leyenda que hace muchos años (más que América y más que Asia incluso, no os vayáis a pensar) un cacahuete cansado de todo decidió emigrar de su país de cacahuetes y comenzar un viaje para conocer mundo y formarse como persona (o como cacahuete más bien).
Sin embargo, las cosas no salieron como él esperaba ya que muy pronto se quedó sin dinero y además el taxista que le sacó de su país de cacahuetes le robó el bocadillo que su madre le había hecho antes de que partiera (sin saber que nunca más volvería a verle).
Así las cosas, el valiente protagonista de nuestra leyenda, el simpático cacahuete decidió buscarse un trabajo, porque no le quedaban más huevos si quería sobrevivir. Como tras largo tiempo de tumbos había conseguido llegar a un curioso país llamado España, donde lo del curro si no tienes una FP está regular, decidió tirar por el camino fácil, y como tantos otros montó un bar, que pronto se convirtió en el más conocido del lugar y se llenaba a menudo de celebridades (dicen que una vez llegó a entrar Carmele Marchante y deleitó a los clientes con un número musical y baile incluido, para que os hagáis una idea de la categoría del local).
A partir de ese negocio la popularidad del buen cacahuete fue creciendo y con ella el poder que ostentaba sobre la deprimente población en la que residía (Puerto Urraco), hasta que consiguió hacer realidad su deseo de dominar el mundo y convertir a su país de cacahuetes en capital del mismo (aunque nunca llegó a regresar allí, pero sí mandó un ramo de cardos como presente).
Y bien, ésta es la historia de cómo un pequeño y humilde cacahuete consiguió hacerse un hueco en esa selva que es nuestro mundo de locos. La leí el otro día en un paquete de azúcar y me apetecía compartirla con vosotros. No me cabe duda de que os habrá conmovido, como a mí cuando la leí por primera vez (de fondo se oyen risas).
... Y ahora me voy a comer unos plastidecors.
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